Saltar al contenido
30 junio, 2011

A nuestros pies, las estrellas

Una calle de Madrid recuerda, desde ayer, a 25 nombres fundamentales de nuestro cine. Pedro Almodóvar, Penélope Cruz y Javier Bardem estuvieron para celebrarlo y nos explicaron qué significa este homenaje. 

Martín de los Heros: una céntrica y apacible calle madrileña, muy distinta a las ruidosas y cercanas Gran Vía y Plaza de España. Varias cafeterías. Un par de cines. Y una librería cuyo escaparate refleja, a diario, el relajado paseo de un escaso número de viandantes. Salvo ayer: era día de calor, de periodistas, de curiosos y sobre todo de estrellas. No es fácil juntar al esquivo Almodóvar, a los celebérrimos Javier Bardem y Penélope Cruz, al tímido Amenábar, pero la ocasión lo merecía: Madrid ya tiene su calle de las estrellas del cine español.

Lo primero, los homenajeados. Nueve directores (Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar, Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Luis Buñuel, José Luis Garci, Pilar Miró, Carlos Saura y Fernando Trueba), ocho actrices (Imperio Argentina, Penélope Cruz, Carmen Maura, Sara Montiel, Emma Penella, Amparo Rivelles, Carmen Sevilla y Concha Velasco) y nueve actores (Antonio Banderas, Javier Bardem, Fernando Fernán Gómez, Pepe Isbert, Alfredo Landa, Toni Leblanc, Paco Rabal y Fernando Rey). Nombres fundamentales, ya estampados en 25 estrellas de granito, mármol y acero. Cada una costó 2.800 euros (que paga Loterías del Estado), y vendrán más: la Academia, cuya Junta Directiva eligió a los 25 afortunados, pretende que cada año se añadan nuevos nombres.

Los «currantes» del cine
Fue Almodóvar, por motivos alfabéticos, quien abrió fuego. El manchego estaba orgulloso: «No sé si me la merezco», decía, «pero la agradezco de todo corazón. ¿Que si es importante? No lo sé, pero me gusta, porque el cine se celebra cada día menos», explicó.

Rodeado por su familia (Pilar, Carlos, Miguel y otros miembros de la saga) acudió  Javier Bardem, que se mostraba muy feliz. «¿Es este un paseo de estrellas, o de currantes del cine?», le preguntó este periódico. «Me gusta eso de los currantes», contestó, «porque el cine es un oficio que hay que trabajarse mucho. El público siempre nos ve en fiestas y películas, pero no en las épocas más duras. Sí: es un paseo de currantes». Orgulloso de compartir calle «con Pepe Isbert», Bardem tampoco se mordió la lengua a la hora de pedir más nombres: «Chus Lampreave, Carmelo Gómez, Eduard Fernández, Luis Tosar… A bote pronto, me faltan ellos y más».

La que sí estaba era Penélope Cruz. Muy guapa. Muy simpática. «Muy emocionada, porque aquí están los nombres de Amenábar, Trueba y Almodóvar, que me dieron papeles cuando no me conocía nadie». Cruz pidió una estrella para Victoria Abril («Una de las razones por las que me hice actriz», dijo), explicó que en julio vuelve a rodar con Woody Allen y se acordó, en particular, de dos grandes de la interpretación: Paco Rabal y Fernando Fernán Gómez. Ellos, y otros muchos, están desde ahora a nuestros pies. Gracias al tan vilipendiado cine español que, al menos por un rato, pudo ayer enorgullecerse de tener a tantos y tantos genios.

La calle cinéfila de la capital
Cines hay muchos (cada vez menos), pero Martín de los Heros es especial para los aficionados al Séptimo Arte de Madrid, al reunir varias salas de versión original. Por eso Almodóvar celebraba que las estrellas estén en ella: «Esta calle es un símbolo de la resistencia de los que aún vamos a las salas». Bardem recordaba haber visto en esta calle «Celebración o Funny Games», tras las que aseguró haberse paseado «como un zombi», y Amenábar lo llamó «un lugar especial», porque le pidieron aquí su primer autógrafo.

30 junio, 2011

Antonio lópez, en carne y hueso

El de Tomelloso y Madrid se reencuentran con una muestra que resume su carrera. De la mano del artista repasamos su vida, obra y todo lo que le ha regalado el arte. «Esta exposición soy yo», asegura. (Nota: La siguiente foto no está hecha en ninguna azotea: es López, en el Thyssen, ante su obra Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas”. ¿Increíble, no?)

 


La rueda de prensa acabó hace un rato. Adiós a los fotógrafos y cámaras de televisión; los  periodistas se fueron con sus respuestas; los admiradores, con catálogos autografiados de la exposición. Ahora estamos a solas con el artista y su obra. A un lado, Antonio López. Al otro, las salas del Thyssen Bornemisza, repletas de sus dibujos, esculturas y cuadros: su vida. «Los pintores trabajamos con el material de nuestra propia existencia», explica el de Tomelloso. «Es una forma de diario. Aunque involuntaria, es una autobiografía».

18 años después
La exposición, que abre sus puertas mañana y cerrará el 25 de septiembre, es uno de los eventos culturales del año. El director artístico del Thyssen, Guillermo Solana, siente «una satisfacción especial. No ha sido fácil: el cortejo ha sido prolongado y laborioso». Casi 20 años después de su última gran exposición en Madrid (Reina Sofía, 1993), el pintor y la capital se reencuentran en esta retrospectiva. El museo estaba entusiasmado; el pintor, no tanto. «Me daba pereza», explica, «porque a cierta edad (tiene 75 años) casi toda la energía se gasta en sobrevivir, y exponer aquí era como ver venir un tornado. Si acepté fue porque la oportunidad era especial y porque, de vez en cuando, hay que dar la cara y aparecer. La sociedad me ha tratado con mucha generosidad, y tenía que devolvérselo».

Y así es: desde sus primeras pinturas (de 1953) hasta los últimos cuadros (aún sin terminar), gran parte de su obra se confunde en esta extensísima muestra. «Esta exposición soy yo», reconoce López. «Es como verme de cuerpo entero, y sin trampa ni cartón. Aquí están mis momentos de acierto y de lucidez, y también los de desaliento. No me importa mostrar obras recientes ni enseñar cuadros en proceso:_siempre me encantó entrar y ver los estudios de mis compañeros».

El cazador de detalles
Pequeño y enjuto, llaman la atención sus manos. Son enormes, grandes como dos herramientas con las que trabajar el campo. Es callado y humilde. Educado, pero de pocas palabras, y recibe las preguntas mirando fijamente al interlocutor. Su nariz puntiaguda y unos ojos decididos, redondos, intensos, le asemejan a un ave rapaz. Pero sus presas no son pequeños mamíferos o culebras, sino colores. Matices. Reflejos. Brillos.

Imaginen recorrer el Prado con Velázquez o el museo d’Orsay con Van Gogh. Hoy, con López y en el Thyssen, el sueño se hace realidad. Ante sus visiones aéreas de Madrid, reflexiona sobre el protagonismo de la urbe en sus cuadros: «Piso poco el campo», explica, «y la vida allí es demasiado itinerante. Siempre estás yendo de un sitio a otro… Además me queda lejos, y no conduzco. Un pastor te diría lo contrario pero, en mi caso, la ciudad es un lugar más concreto. Contiene los espacios en los que desarrollo mi vida. Es más mía». El campo del moro, o Afueras de Madrid desde el cerro Almodóvar le sirven para desvelar alguno de sus secretos pictóricos: «Las arboledas son más difusas, sí, en comparación con los edificios. ¿Sabes por qué? Siempre empiezo mis cuadros por las casas, y después vienen los árboles. Por eso, al mezclarlo todo al final, la arquitectura está mejor acabada». ¿Y Eva? ¿Quién es esa desnuda muchacha que protagoniza una de sus últimas (2010) esculturas? «Es una estudiante que me gustaba mucho. Era maravillosa, pero hasta que consigues expresar bien tantas virtudes… Se fue de Erasmus, tardé varios meses en terminar la escultura, elegí el camino lento. Pero no por masoquismo, sino porque este trabajo así lo precisaba».

Reconoce trabajar, por lo general, en dos obras a la vez. Una sesión de mañana, tres horas. Otra por la tarde: otros 180 minutos. «Más tiempo me es imposible», confiesa, «y el día es limitado. Hay que hacer otras cosas: según te mueves y haces tu vida, surgen más cosas interesantes. Y mis obras no son mías: es una colaboración constante con otros. Con los que me han cedido sus casas para pintarlas, por ejemplo. Tengo mucha suerte».

Porque sus cuadros no están hechos solo de lienzo y óleo, sino de recuerdos, anécdotas y personas. Ante La terraza de Lucio (pintada entre 1962 y 1990) recuerda las horas pasadas en esa azotea de Hilarión Eslava «donde Lucio y su mujer tuvieron a sus primeros hijos». También hay anécdotas de Gran Vía (1974-1981), quizá su cuadro más célebre. «No podría volver a pintar ese amanecer», bromea, «porque ya no puedo madrugar tanto. Todos los días ahí plantado a las siete de la mañana, tragando dióxido de carbono. Si algún día se estudia ese cuadro, verán en su pintura la contaminación».

Madrid: el pueblo venido a más. Madrid, la gris hoguera, llena de decepciones y sueños, que desde casi siempre ha capitalizado su obra. El artista define a Madrid como «una ciudad antipática. Como París, como cualquier otra gran ciudad». Madrid, sin embargo, le espera desde mañana impaciente. Antes, hoy, Madrid se traga el taxi en el que se marcha el pintor con su hija. Desaparece así López. Entre arte, cotidianidad y multitud.

Lo que espera en el taller
Cuando descanse (la exposición le ha agotado), López volverá a pintar. Por ejemplo, su cuadro de la Puerta del Sol («No está muy avanzado… Espero retomarlo si no me han quitado el sitio»). Su retrato de la familia real («Lo hago encantado, porque me permite reiniciarme en la figura humana»), Y, por supuesto, la serie con más visiones de la Gran Vía: «No son postales turísticas. Es, más bien, como si una criatura saltara de balcón en balcón, y esto fuera lo que viese».

24 junio, 2011

Dos años sin ‘Rey del Pop’

Mañana se conmemora la muerte de Michael Jackson: se subasta la chaqueta que llevó en ‘Thriller’ y múltiples actos recuerdan al artista. 

De un día para otro, el mundo se despertó sin Michael Jackson, muerto por causas aún no del todo aclaradas el 25 de junio de 2009. Pero, dos años después, ‘Jacko’ es todavía noticia: por nuevas revelaciones sobre su deceso, por la reedición de alguno de sus discos o, como este fin de semana, por la avalancha de actos en su honor. Señal, sin duda, de que el mito sigue vivo.

No hizo falta que su familia moviera un dedo: a través de Internet, miles de fans se han organizado para cubrir de flores los lugares ligados al ídolo. Uno es el lugar en el que yacen sus restos, en el cementerio Forest Lawn de Glendale de Los Ángeles. Pero hay más: su estrella en el Paseo de la Fama o el pabellón Staples Center, que acogió su funeral, son puntos de peregrinaje. Y, para los más devotos, algo más: Channel Island Helicopters, una compañía turística, ofrece vuelos de media hora para contemplar el célebre rancho de Neverland. El precio, unos 122 euros por persona.

Una prenda inolvidable
Muy poco dinero comparado con lo que se pagará, durante el fin de semana, en la sala de subastas Julien’s Auctions de Beverly Hills. Como cada tercer fin de semana de julio, se venderán objetos relacionados con el espectáculo: esta vez la estrella será, casi nada, la chaqueta de cuero rojo que Jackson exhibía en Thriller. Sólo hay dos en el mundo: una, propiedad de la familia, descansa en un museo. La otra se venderá este fin de semana con un objetivo: superar los 3,2 millones de euros pagados, hace unos días, por el vestido de Marilyn en La tentación vive arriba. Para los que no tengan ese dinero hay otras opciones: guantes, discos firmados y, para los más morbosos, la peluca que Jackson lució en la presentación de la (malograda) gira This Is It. ¿Quién da más?

24 junio, 2011

Gran cine, en pantalla grande y V.O.

Las mejores películas de la historia, en los Cines Verdi: esta semana, El Padrino II, Tiempos modernos y El gran dictador.

No lo duden: el cine se disfruta más a oscuras y en pantalla grande. Si, además, la experiencia de ver una obra maestra puede compartirse con otros, el plan es perfecto. Eso es lo que ofrecen, durante este verano, los cines Verdi: una serie de grandes clásicos restaurados y en versión original. La semana pasada fue El Padrino; ésta, El Padrino II, Tiempos Modernos y El Gran Dictador.

Coppola y Chaplin
Sólo dos años después de estrenar El Padrino (1972), Francis Ford Coppola logró el más difícil todavía: rodar la que, para muchos, es la mejor secuela de todos los tiempos. Un viaje a las raíces de la familia Corleone, una reflexión sobre la historia de EE UU y, por qué no, sobre el carácter humano. Una obra maestra absoluta, con Robert de Niro y Al Pacino en estado de gracia.

¿Y Tiempos modernos (1936)? ¿Y El gran dictador (1940)? Dos de las más grandes películas de Chaplin, lo que equivale a decir de la historia. Divertidísimas, eternas y muy refrescantes para estos tórridos días.

Esperando a Polanski
Los cinéfilos tienen un buen motivo para permanecer el verano en Madrid: lo mejor de autores como Roman Polanski, Sergio Leone, Ingmar Bergman o Ernest Lubitsch desfilará por los Verdi hasta principios de septiembre. Una trilogía de Polanski (El cuchillo en el agua, Repulsión y Cul de Sac) podrá verse desde el 8 de julio: para el resto, habrá que esperar a que avance el estío.

Cines Verdi. c/Bravo Murillo, 28. Metro Canal o Quevedo. 5€.

 

22 junio, 2011

Estructuras permeables

Perezosas tras comerse decenas de camisetas viejas, las enormes bolsas de plástico se tumbaban sobre la pared del cuarto. También yo dormía, enésimo sueño de peces y mujeres de ida y vuelta, mientras la luz del mediodía -sin domesticar por ninguna persiana- devoraba mi mañana y mi cama. Fue entonces cuando sonó el infrecuente ding dong de la puerta: tambaleándome llegué hasta ella, empujado a izquierda y derecha por ese amigote pesado que es la resaca. Me pregunté si llevaba calzoncillos porque suelo dormir en pelotas. Sí, los llevaba.

Vi, a través de la mirilla, que llamaba una mujer: en caso contrario me hubiera acostado otra vez. Era una pequeña y desconocida joven con el pelo recogido y moreno. Tenía los ojos inquietos, la boca severa y un cuaderno rojo y grande que cubría casi por completo su pecho. Del otro brazo, estirado, colgaba una gran maleta negra. No sabía ni quién era ni a qué coño había venido, pero agradecí que me sacara del catre. Ni siquiera pregunté antes de abrir.

“Buenos días, ¿es este el tercero izquierda?”, dijo con una voz ronca hecha de Marlboro y frío. Cuando la dije que sí, y confirmé que era yo quien vivía allí, se presentó: “Vengo del Ayuntamiento para someterle a un REA”. ¿Un “REA”? Como no tenía ni idea de lo que me estaba hablando, y me pongo nervioso ante cualquier sigla, acrónimo, examen, revisión o inspección, pregunté si iba a salirme muy caro. “Es gratuíto, un nuevo servicio del Ayuntamiento. Una simple Revisión de Estado de Ánimo. Casi rutina, aunque a la edad a la que empieza a acercarse es conveniente realizarla para evitar problemas mayores”.

Parecía tan segura de todo que no pude más que invitarla a pasar. Me extrañó que una joven menuda y, empezaba a despertarme, atractiva, entrara tan sola en casa de un desconocido. Yo podría ser el Annibal Lecter de Lavapiés, el mítico descuartizador de funcionarias públicas. Me fijé en que dejaba su gran maleta de piel en el marco de la puerta, como una piedra que, de intentarlo, me impidiera encerrarla a la fuerza. Ni se me ocurrió, la verdad. Entró y, siguiéndola por el pasillo, comprendí que tenía una nuca preciosa.

“¿Dónde tiene el dormitorio?”, preguntó. “Porque solemos hacer estas revisiones en los dormitorios”, añadió. Sin pararme a pensar -no suelo hacerlo, es verdad- la conduje hasta él, saltando como dos exploradores sobre libros viejos, arrugadas revistas y algunos restos de droga. Me disculpé por el desorden: era como la habitación de Kate Moss. Y también olía a sexo: por el mal olor, entre búfalos. Lo esperable cuando, antes de dormir, te masturbas bajo un edredón de plumas y no tienes cerca un kleenex ni calcetines usados. “No se preocupe”, me dijo, “hay gente para todo. Estoy acostumbrada a cosas mucho peores”. No lo tomé como un cumplido, y me sentí algo mejor.

Recorrió con la vista las paredes y, durante unos segundos, se detuvo en las estanterías de los libros antes de preguntarme si mi Estado de Ánimo había sufrido daños estructurales recientes. Mentí: “No, todo estuvo muy tranquilo por aquí”. Me cuesta decir la verdad, y mucho menos soltársela a alguien del Ayuntamiento. “¿Puedo entonces revisarle la mirada para comprobar que es cierto?”, y se acercó con ojos detectivescos. No se lo impedí. Sabía lo que quería, y no puedo negarle nada a una mujer de ese tipo. Acerqué mi cara, posé la mirada en sus ojos y, tras sus enormes pupilas, adiviné un brillo frío, inhumano, como el que late ronroneante en el corazón de una máquina.

No tardó mucho en dar un primer diagnóstico. “Por lo que veo… tiene grietas. ¿No se había dado cuenta?”, preguntó más enfadada que preocupada. “No son demasiado profundas, pero sí evidentes. Le cuesta estar solo sin experimentar tristeza. Se emborracharía a cualquier hora. Y, lo más importante de todo: sólo es capaz de recordar los momentos hermosos, de quedarse con lo bueno de una antigua relación”. Cierto. Me aplastaron sus argumentos. Acababa de conocerme y parecía ser mi madre. Asumí que, con tanto conocimiento de mis desperfectos, se vería obligada a elaborar un informe negativo. Las autoridades tomarían buena nota y me desalojarían de mí mismo. Tendría que abandonar un edificio ruinoso. Yo.

“Pero… ¿entonces está todo mal?. ¿No puedo hacer nada para mejorar las cosas?”. Preguntaba como un niño asustado. “¿Hablamos de demolición?”. Sabía de mis problemas, pero no pensaba que fuesen tan graves. “La fachada está bien”, respondió, “y la sacudida no ha dejado demasiados daños irreversibles. Un espejo roto, alguna pared desconchada… Cada paso hará crujir el suelo, y cualquier excusa valdrá para tropezar de nuevo. Pero no tema: tiene vigas de madera, demasiado permeables, sin duda, pero su estructura es sólida. Al menos, de momento, aguantará”.

Era tal el peso que acaba de quitarme de encima que me planteé incluso abrazarla, pero me contuve al recordar haber leído algo sobre funcionarias del ayuntamiento y formas de repeler violaciones. Tampoco la invité a café -no tengo- ni a una copa -debilita mi estructura, mucho más por la mañana-, así que me quedé callado. Como buen profesional, ella tampoco quiso prolongar su visita: “Tengo que seguir con mis cosas. Refuerce sus muros de carga, evite tensionar cimientos y, especialmente, ventile todo un poquito. Vendré a verle en unos meses, suerte”.

Ahora es por la tarde, la luz se ha transformado en susurro. Y las nubes, de cemento, forman un inmenso muro contra el que se estrella el sol.

21 junio, 2011

Tres años, un terremoto

Como todo pequeño héroe que se precie, a la ida preguntó una y mil veces si quedaba mucho, afirmó que quería bajarse del coche y exigió llegar de una vez.

Al llegar, por fin, triunfó: subió y bajó una y mil cuestas con su bicicleta rosa, se comió todo (¡y era mucho!) lo que se le ponía por delante, e hizo infinitas preguntas, ¿por qué, por qué, por qué?, para terminar descubriendo que, siempre, la mejor respuesta era suya.

Además: saludó a gente fascinada, y a gente que no se dignó a contestar. Corrió infinitos kilómetros. Saltó sobre el sofá, la cama, sobre la arena y las piedras, y a punto estuvo de quebrar el asfalto de tanto saltar sobre él. Toboganes y columpios fueron desafiados mil veces y probó, sonriente, el agua de cada fuente que se puso en su camino.

Mirándola y admirándola, asombrado ante su inagotable energía, me acordé de otros.

De los que vi en esos mismos escenarios mil veces. De los que jamás volverán a pisarlos.

Y pensé: ¡Como habrían disfrutado, de estar vivos, viendo vivir a esta niña!

21 junio, 2011

‘Los Roper’: Mildred, George y la cara oscura de Gran Bretaña

Feos, tacaños, envidiosos… En resumen, adorables. La serie que nos enseñó que no todos los ingleses eran finos y elegantes.

Formaban la pareja perfecta: eran egoístas, estaban hartos el uno del otro y tenían una precaria actividad sexual… Los Roper eran la perfecta encarnación catódica de gran parte de las parejas maduras británicas. Quizá por eso protagonizaron entre 1976 y 1979 una de las series de más éxito de la televisión inglesa, que también arrasó en nuestro país. En cierta forma, suponían un consuelo: en un país como España, con la autoestima muy baja tras 40 años de franquismo, reconfortaba ver que los educados, elegantes y perfectos británicos también tenían sus defectos (y unas casas y vestidos, francamente, de gusto más que dudoso).

¿Qué fue de ellos?
Yootha Joyce (Mildred). Cuando murió, en 1980, poco después de cumplir 53 años, arruinó las expectativas de rodar una sexta temporada de la serie. No solo eso: tras su muerte se hizo público su alcoholismo, que la llevaba a beber más de un litro de brandy al día. Pese a la bebida, sus compañeros fueron unánimes: jamás la vieron borracha trabajando y siempre hablaron maravillas en lo personal y en lo profesional.

Brian Murphy (George). Nació en 1933 en la Isla de Wight, al sur de Inglaterra, y actualmente vive en Londres con su segunda esposa, la también actriz Linda Regan. Pese al éxito de Los Roper, Murphy solo volvió a la televisión en breves papeles, como en la surrealista serie Lame Ducks. Centrado en el teatro, tampoco pisó apenas en estos años los platós de cine.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.